La década de los sesenta fue un periodo de revoluciones tanto sociales como culturales en donde la distribución del poder en el mundo cambió una vez más. Los países de Europa, casi destruidos tras la Segunda Guerra Mundial, tuvieron que abandonar sus colonias en África y Asia, dando lugar a una serie movimientos nacionalistas y postcoloniales que buscaban definir la nueva identidad de los ciudadanos de los países que comenzaron a conocerse como “el tercer mundo”. Igualmente la Guerra Fría produjo reacciones variadas por parte de los artistas que le dieron un sonido particular al siglo 20.
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El ambiente de la Guerra Fría estuvo marcado por la ansiedad y la sospecha que Estados Unidos y la Unión Soviética tenían entre sí, a la vez que ambos bandos empleaban el arte, incluida la música, como forma de propaganda de las virtudes de cada forma de gobierno. En la Unión Soviética se establecieron programas y lineamientos nacionalistas que regulaban el tipo de música que podía componerse, patrocinando obras programáticas con mensajes políticos y censurando el lenguaje modernista como una forma de arte elitista y desligada de la sociedad.
En Estados Unidos, por el contrario, se fundaron laboratorios, becas y orquestas que tenían la misión de demostrar que el arte y el capitalismo coincidían en una afirmación de la libertad creativa. El jazz y el expresionismo abstracto comenzaron a exportarse como productos culturales y símbolos de la libertad.
En Alemania y en Estados Unidos muchos compositores, como Hans Eisler, Aaron Copland y Cornelius Cardew, adoptaron la crítica izquierdista al modernismo de la élite y al capitalismo y se dedicaron a componer música con contenido social más o menos evidente.
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En todo caso, la bomba atómica había demostrado un potencial destructivo nunca antes imaginado y todos los compositores que fueron testigos de esta catástrofe se vieron forzados a responder de una forma u otra. El compositor polaco Krzysztof Penderecki, por ejemplo, empleó todos los recursos del serialismo integral y las técnicas extendidas para componer un canto fúnebre—o treno—a las víctimas de la guerra, su Trenodia para las víctimas de Hiroshima.
Así como ocurrió con el modernismo de la primera mitad del siglo veinte, las audiencias no estaban listas—o dispuestas—para recibir los experimentos radicales de compositores como Boulez, Babbit y Cage; para estos compositores, por otro lado, era mejor mantener un círculo cerrado de conocedores que “venderse” a los intereses comerciales o políticos del momento.
Pero la reacción de los compositores por fuera de esta élite no se hicieron esperar, y entre los setenta y los noventa aparecieron nuevos movimientos como parte del posmodernismo y la globalización que comenzaron a retomar la y estilos más accesibles, en particular el minimalismo, el Neo-romanticismo, el movimiento de la música antigua y las fusiones con músicas populares. De hecho, desde la década de los setenta en adelante, encontramos una proliferación de estilos y aproximaciones diferentes y en constante y rápida transformación en lugar de los movimientos homogéneos unificados por ideales y programas estéticos o políticos determinados.